Si tú no me platicas, yo no entiendo nada,
si no me platicas entre tanto las cosas,
yo no supongo nada, mas que tu silencio que agoniza
mientras mi inspiración se acaba…
Y yo en el fondo sufro,
sufro por la propuesta celosa en tu callada voz;
¿No será que en tu desnudez entiendes de miradas
(Absolutas reliquias de alma),
cuando yo busco palabras?
Y consuelo mis emociones que poco a poco en el mundo
se vuelven como fracciones de tus pensantes miradas; Miradas…
miradas… ¡Yo necesito palabras!, pero tu no me platicas,
tu nunca me dices nada.
Tu silencio que en el aire desprende el grito sordo
entre paredes desiertas,
muertas sirenas ocultas que desnutren la fragancia del incienso,
tan dormido en esta cama,
en esta cama que viste tu ausencia.
¡Háblame! ; Susúrrame caricias, canta a mi oído
lo que escuchas cuando tu aliento se calma poco a poco…
¡Pero calla! ; Calla a la vez que me besas,
y entre beso y beso in-fraganti que responde a cualquier causa
convertida en tan solo un instante,
¡Pero habla! Enciende con tu armónica voz de marea distante,
la plegaria que resume cada roce en cada vela dormida entre la noche,
Habla por un momento de penumbra panteonera,
Habla junto al canto, a la prosa, a la rima,
Habla como quieras, pero habla en serenata
sin derroche miradas, sin desdén entre miradas,
sin silencio entre miradas,
¡Por lo que más quiera el firmamento!
…solo habla.
(silencio)
Luciérnagas encendidas en esas velas que murmuran dormidas;
Luciérnagas encendidas y esa luna…
Esa luna que rumora y se desvela, y tú,
envuelta en el paño de sal tras la cortina,
ignorando la eternidad del sueño,
la filosofía que admira entre maneras:
tus manos, la fiereza de tus labios, ¡El numen de tus piernas!
escondidas bajo el manto bendito que sé trasluce,
y sé trasluce en la sombra de esas velas;
Luciérnagas encendidas,
encendidas por estrellas.
No duermas ahora por favor, sé algo más esta noche
(empañada ya tras mis pupilas) que una flor que se serena
por el rocío de quimeras.
¡No duermas más! Dime entre despierta si quieres,
esas cosas bellas que siempre dicen las mujeres…
Háblame de las nubes, de los ríos, de las gaviotas;
De esas cosas sutiles ó de esas cosas toscas, no importa sí me
dices de placeres, de victorias, de derrotas, ¡Solo Habla!,
solo… solo limosno tu palabra, que convierte a mi oído
que escucha, toda hiedra en una rosa, toda hiel en fino numen,
toda nada en toda cosa… ¡Habla!.
Me hiere en el pecho, tu silencio de vaivenes por tu aliento distante,
sueños traicioneros de un instante que convierten de momento,
la eterna agonía de un infante…
un infante acurrucado, tan débil, tan solo
y tan solo lloro en esta habitación remota… desierta… ¡Cómo lloro!…
En el tan silencioso silencio de mis ojos, lloro,
implorando que mañana, cuando aceche la oscuridad y la penumbra de la noche, otra vez,
y otra vez volvamos a apagar la luz en la desolación que acompaña tu figura tan esbelta, tan perfecta.
Lloro por que al amar tu desnudez envuelta en paño de sal bajo
la tez de tu blancura, y en la madurez de la noche volver a jugar al amar,
por el sudor y el placer que resbala en tu cintura;
lloro por el que mañana al resumir la aventura que termina en suspirar,
y en esa mirada secreta que cruzamos,
como se cruza una puerta tras una larga despedida,
como un largo adiós disfrazado por el antifaz de una ultima caricia,
y la caricia cruza un umbral.
Lloro por que esta vez sea una palabra la que convierta una
lagrima triste, en una sonrisa que me desviste aun más,
y que sean tus labios en mi oído, en estas paredes desiertas,
melodía suave ó melodía jovial,
caudal de un río que corre entre el espacio de mi alma, despacio, con calma;
Que sea el antifaz de un abrazo el que se extiende con tu voz en mi regazo,
un ramo de flores como un manto que se tiende en esta cama.
Sí tú no me platicas, yo no entiendo nada,
si no me explicas entre tanto las cosas,
yo no supongo nada, mas que tu silencio que agoniza
mientras mi inspiración se acaba.